Crónica del concierto de Metallica en Wizink Centre. 03/02/2018

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Decir que el concierto de Metallica de este pasado sábado fue equilibrado, teniendo en cuenta que hablamos de una de las bandas más consagradas del metal (con lo que ello conlleva), tal vez suene a sinsentido. Pero después de leer en las redes sociales comentarios de los asistentes sobre lo mala que fue la selección de canciones, y a pesar de que echamos de menos algún temazo (dolieron de verdad la ausencia de “Creeping Death”, una de sus canciones más menosvaloradas, o “Harvester of Sorrow”, por ejemplo), la intercalación de temas del “Hardwired… to Self-Destruct”, su último disco, con lo más representativo de su extensa obra previa nos pareció acertada.

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Pero, vayamos poco a poco.

La tormenta perfecta que se cernía sobre la capital aun no había cerrado sus fauces, y los fans del grupo que estábamos el sábado en la ciudad para la primera de las citas españolas nos preparábamos para cumplir los requisitos de seguridad que se habían instaurado para acceder al recinto. Tickets nominales para evitar la reventa en el mercado secundario, entradas y controles diferentes dependiendo de en qué lugar del palacio de los deportes tenías los tickets asignados… incluso limitaciones en el dress code que rozaban lo absurdo. Porque vale que las tribus urbanas no son lo que eran, pero la imposibilidad de entrar con tachuelas (como lo oís) hubiera impedido el acceso a los propios componentes del grupo. Al final la cosa fue más relajada de lo que se anunció y los chicos de seguridad fueron razonables.

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Una vez dentro y sobre el escenario central que se había dispuesto en la pista del Wizink Centre estaban actuando ya los noruegos Kuelertak. Uno de los mejores representantes del momento del trash escandinavo ejercía de probador de la infraestructura de los metállicos. Con un sonido muy limitado y usando a penas el amplísimo dispositivo lumínico instalado justificaban su presencia en el evento con el ritmo corrosivo potentísimo que les ha caracterizado en los diez años que llevan de carrera.

Hasta que llego el momento de que el señor Morricone hiciera la usual presentación del cuarteto protagonista con esa tonadilla del far west que es “The Ecstasy of Gold”. Las infinitas camisetas negras con el logo de Metallica, incluso alguna blanca infiltrada (Slayer?, en serio?) sabían que se iba a desatar la fuerza de un grupo que ha marcado grandes hitos de la historia musical. “Hardwired” y “Atlas, Rise!”, dos de los alumnos aventajados de su último trabajo, marcaron el comienzo del concierto.

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Y así empezaba la puesta en escena impecable de estos cincuentones con base en San Francisco que, dejando atrás épocas de excesos y juergas, se dedican a realizar increibles actuaciones donde su potente música queda hilvanada a la perfección con la coreografía de 50 cubos suspendidos en los que se proyectaban los visuales de los temas que iban sonando, y que en “Welcome Home (Sanitarium)”, donde parecía que hubiera personas encerradas en ellos luchando por salir, alcanzaron la maestría.

En cualquier caso, el primer himno que revisitaron fue “Seek and Destroy”, con tremenda acogida por parte del público que, tengámoslo claro, no hubiera podido ser más feliz si sólo hubieran tocado los clasicazos. Y cayeron un buen número de ellos. “One” y “Master of Puppets”, los no tan antiguos “Fuel”, “Sad but True” o “For Whom the Bells Toll” y, por supuesto, “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman”, reservados para los bises para que nos fuéramos con un sabor de boca magnífico.

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Pero desde el principio de la actuación hasta ese momento pasaron muchísimas cosas. El escenario rotatorio, gran acierto a nuestra forma de ver, se iba moviendo para que todo el público, daba igual donde se situase, tuviera su ración de James Hetfield, con su imponente presencia sobre la tarima, cantándoles. Y si no era el escenario el que se movía lo hacían los componentes del grupo, fundamentalmente Lars Ulrich, cofundador de la banda, que no podía resistir la tentación de levantarse de la batería y recorrer el escenario a la menor oportunidad para jalear a la multitud.

Se vieron llamaradas como mientras sonaba “Spit Out the Bone” y fuegos artificiales como parte del colofón final. Y muy llamativa fue la aparición de un enjambre de drones que parecían luciernagas, o polillas, bailando al son de “Moth into Flames” sobre las cabezas del cuarteto. Sorprendente fue ver a Rob Trujillo, como siempre activo y entregado con su complexión de acorazado de la segunda guerra mundial, y al resto del equipo tocando los tambores como si fueran timbaleros en “Now that We are Dead”.

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Otro que no paró de moverse, y no nos referimos sólo a sus dedos para tocar esos reefs imposibles, fue Kirk Hammett. Con cara sonriente y feliz, sabiendo que sus manos eran el centro de atención de todo el mundo al intentar seguirlas dominando los trastes de sus guitarras como el maestro domina a sus marionetas.

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Curioso el momento en el que, en un gran guiño al público, tocaron “Vamos muy Bien”, de los locales Obus, giro que nos dejó a todos con la boca abierta. Y realmente tierno cuando, de entre el público, subieron a un chaval que no tendría más de 7 años (y que posteriormente sabríamos que se llamaba Atila) como representación de las nuevas generaciones en su lucha por la perpetuación del metal como estilo de música que nunca debería morir.

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Y aquello se acabó, pero ellos no se iban. James y Rob pasearon un buen rato por el escenario para que la gente les hiciera fotos desde todos los ángulos. Kirk iba lanzando cientos de púas de recuerdo. Lars “repartía” agua entre los fans más volcados directamente de su boca (WTF?)…

Y podríamos debatir si realmente este increíble espectáculo vale los casi 100 euros que pagamos por estar cerca de los americanos. Pero eso lo dejaremos para otro momento.

Yo voy a ponerme mi camiseta negra y volver a escuchar el track list del concierto.

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